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Silvano Martínez V.

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¡No te adaptes a lo que no te hace feliz!

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calendar_today08-07-2008 15:36:03

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EL PRECIO DE LO AUTÉNTICO En un mundo de apariencias desechables y promesas de humo, quien mantiene su palabra no solo es leal a los demás, sino que se mantiene fiel a la nobleza de su propia alma. Ser honesto hoy es un acto de rebeldía y de incalculable valor.

EL PRECIO DE LO AUTÉNTICO

En un mundo de apariencias desechables y promesas de humo, quien mantiene su palabra no solo es leal a los demás, sino que se mantiene fiel a la nobleza de su propia alma.
Ser honesto hoy es un acto de rebeldía y de incalculable valor.
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“Dicen que lo que no te destruye, te hace más fuerte. Lo malo es cuando te hace más fuerte y más duro, pero menos dulce, menos confiado, menos feliz. A veces ser fuerte no es la mejor opción: es la única“. -Mario Herrero Monreal

“Dicen que lo que no te destruye, te hace más fuerte. Lo malo es cuando te hace más fuerte y más duro, pero menos dulce, menos confiado, menos feliz. A veces ser fuerte no es la mejor opción: es la única“.
-Mario Herrero Monreal
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La ansiedad no le da a los débiles. Le da a quien ha sido fuerte mucho tiempo. Es un caos mental que invade tu cuerpo y te hace padecer lo peor. Aún así trabajas, estudias, cuidas tu familia mientras luchas contra pensamientos invisibles. Juzgar es fácil, vivirlo es otra historia

La ansiedad no le da a los débiles.
Le da a quien ha sido fuerte mucho tiempo.
Es un caos mental que invade tu cuerpo y te hace padecer lo peor.
Aún así trabajas, estudias, cuidas tu familia mientras luchas contra pensamientos invisibles.
Juzgar es fácil, vivirlo es otra historia
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Mi papá estaba en cuidados paliativos. Era martes, el día más silencioso del mundo. No había hablado en cuarenta y ocho horas. Un joven entró con una guitarra. Era voluntario. “¿Puedo tocar algo?”, preguntó. “No puede escucharte”, le dije, cansado y amargado. “Tal vez no”,

Mi papá estaba en cuidados paliativos. Era martes, el día más silencioso del mundo. No había hablado en cuarenta y ocho horas.
Un joven entró con una guitarra. Era voluntario.
“¿Puedo tocar algo?”, preguntó.
“No puede escucharte”, le dije, cansado y amargado.
“Tal vez no”,